Cuento para la exposición Hacer un ladrillo sin levantar una pared
de Claudia Luna y Omar Ibáñez. Julio, 2018
 

No sé si eran las tres o cuatro de la tarde pero sé que estábamos aturdidos por el ruido y el desgaste, necesitábamos tomar un descanso, buscar algo de comer. Antes de salir me dijiste que esa era la última vez que lo haríamos, que después de tanto trabajo sería una ingenuidad de nuestra parte creer que habíamos logrado alguna diferencia.

No sé si pasaron tres o cuatro meses desde que iniciamos, pero sentí que estuvimos cerca. Aquel día mientras abrías la puerta descubrí un hallazgo, una curva que a pesar de su vulnerabilidad, logró estabilizar a todas las demás piezas como si fuera una zona de resistencia. De inmediato imaginé que si la replicábamos en puntos precisos, la estabilidad se esparciría como hierba y entonces, por fin ganaríamos más tiempo. Antes de salir te dije que esa debía ser la única forma, que estaba ahí la respuesta, que era un comportamiento totalmente nuevo que jamás habíamos visto. Dijiste que no era nada y sin más nos fuimos.

Cuando volví, la curva había desaparecido, regresó a su estado natural. Como tú se diluyó. Creí haberla retenido en la memoria, la rastreé y ahí estaba. A pesar de que me quedé sin quién me ayudara con el inicio, me acerqué al desastre que teníamos sobre la mesa y quise volver a intentar, ya no recuerdo con cuántos materiales habíamos trabajado pero decidí empezar con ese que siempre elegías. Aún con la nitidez de su imagen en mi mente no logré replicarla, la curva se convirtió en una idea intransferible.

Mi cuerpo se agitó, recorrí los pasillos, abrí las ventanas, busqué en todas las cajas vacías y en botes viejos. Estaba inquieta, inestable, tensa. No me quedó más que continuar dibujando la curva en la cabeza, desdoblarla, repasar incesantemente los tres pasos que provocaron la falla: uno, dos, tres, dos, tres, uno, dos, dos, tres, dos… sabía que invertir el orden de las piezas para llegar al primer paso, donde el anterior es ninguno, era determinante, aunque nunca pude justificar por qué.

No sé si pasaron tres o cuatro días, no supe más de ti ni del doblez. No sé si resolvimos algo aquí o en otro mundo. No sé si algo sirvió o simplemente nos hicimos de un juego para no hacer nada.